martes, 31 de diciembre de 2019

Año Nuevo




“MI PRESENCIA IRÁ CONTIGO, Y TE DARÉ DESCANSO” (Éxodo 33:14).



La promesa que da título a nuestro artículo la tomamos para que usted, apreciado lector, la haga suya en el año que comienza. Es una promesa doble, pues el Señor añade la promesa del descanso a la promesa de su presencia.

¿En qué circunstancias de su vida llega usted al término de un año más? De todas, la más triste es que usted no tenga rumbo para su vida y que no tenga ningún aliciente para continuar porque se sienta solo y cansado (Mateo 11:28).

Con esta promesa, van nuestros mejores deseos para usted amable lector. No hay nada mejor que la presencia de Dios en la vida del hombre, pero entraña un compromiso serio, ya que la presencia de Dios es a través de la persona maravillosa del Señor Jesucristo, que quiere morar en usted (Juan 14:23). Sólo tiene que abrirle la puerta de su corazón (Apocalipsis 3:20).

 “Te ruego que me muestres ahora tu camino” (Éxodo 33:13).

La vida es como  un camino, no la viva en sus propios pasos, por eso, que esta sea su plegaria. Observe que no es más su camino sino el camino de Dios, lo cual implica rendir su voluntad a la voluntad de él; tendrán que arriarse las banderas propias para izar la de Dios, que sólo sea ésta, la  que ondee en su vida.  El “ahora” debe indicarle que se requiere firmeza y resolución para seguir sólo el camino que Dios  muestre, y  que, aunque lo haya, no seguirá ningún otro camino, por muy atractivo que parezca. Piense también que algunas veces será tentado a dejar, para otra ocasión, el camino que Dios le esté indicando, ¡no lo haga! Si es que va usted a dar un paso importante en su vida, el “ahora” que sea sin titubeos, porque el ahora es de Dios. Tendrá el descanso del Señor porque habrá seguridad al caminar. Él le guardará, usted  confíe en él. Que sea su Señor, no hay bien fuera de él (Salmo16:1,2).

 “Te ruego que me muestres tu gloria” (Éxodo 33:18).  
El Señor responde esta plegaria haciendo  referencia a una peña y a una hendidura en ella. Desde allí se vería pasar la gloria de Dios, todo su bien, pero Dios no se vería (Éxodo 33:19, 21, 22; Juan 1:18). Recordamos otras palabras que el salmista expresara anhelante: “Llévame a la Roca que es más alta que yo” (Salmo 61:2). ¿Quién no desea tener esta experiencia?
Desprendemos dos verdades de esto: la Roca es Jesucristo, y a la vez, es la gloria de Dios. Para poder mirar la gloria de Dios, debo hacerlo desde el fundamento firme que es Cristo (1 Corintios 3:11), requiere fe, necesita creer (Juan 11; Romanos 10:17). Si quiere contemplar la gloria de Dios, debe mirar a Cristo, él es la gloria de Dios,  verdad hecha realidad cuando fue manifestado en carne (1 Timoteo 3:16; Juan 1:14), necesaria condición para que en ella aboliera las enemistades que había con Dios y mediante la cruz reconciliarnos con él (Efesios 2:15,16).
La experiencia hermosa del peregrino que cree es mirar a cara descubierta como en un espejo la gloria de su Señor, y ser transformado de gloria en gloria, en su misma imagen, como por el Espíritu (2 Corintios 3:18).

Al sonar la última campanada del reloj, anunciando que ha terminado un año más, habrá llegado al final de un camino. ¿En qué condiciones llega? ¿Habrá valido la pena su recorrido? ¿Qué cúmulo de experiencias hay en su bitácora de viaje? ¿De cuáles de ellas le dolerá acordarse? ¿De cuáles otras, tal vez, desea  se vuelvan a repetir?  
Las experiencias con el Señor son diferentes si se cree esto: “Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre (Salmo 16:11).
           ¡Feliz Año!

 



 

 


  

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